8.5.09

Café para dos

-¿Y qué te contestó?
-Que iba a seguir poniendo el champú donde ella quisiera, que si se me caía en los dedos de los pies cuando me estaba bañando era por mi torpeza. Pero el baño no es solo de ella.
-¿Y qué te contestó?
-Que nunca le gustó que hiciéramos el amor antes de yo me lavara los dientes, aunque fuera a media tarde. Pero yo no voy a andar con el cepillo siempre a cuestas.
-¿Y qué te contestó?
-Que tenía que conquistarla a cada momento, que yo tenía que llegar a casa con comida china, con una plantita o con silencio todos los días, pero regalarle lo que fuera. Yo no tengo tiempo para ser siempre así.
-¿Y qué te contestó?
-Que el tiempo no existe donde hay amor. Es que no se da cuenta de que solo los domingos puedo quedarme en la cama hasta las diez.
-¿Y qué te contestó?
-Que recortara los momentos libres para pegarlos en nuestro álbum de fotos. Y yo entendí que era para rompérmelo en la cara.
-¿Y qué te contestó?
-Nada. Me dio un beso en la comisura de los labios; y cuando se estaba yendo le pregunté si todavía podía seguir preparando café para dos.

19.10.08

Dejar sangrar

Los portarretratos están vacíos, y yo los completo, a cada minuto, con una foto distinta. En todas estás vos; en ninguna me mirás. Quizás ahí, en el monumento de Rosario, en el tren hacia La Plata, a orillas de la pileta. Pero no acá, no a las sábanas, no a mis besos, no a mis manos que están perdidas, porque no saben si ahora, para pensar en vos, deben pedirte permiso.

Sospecho la existencia de ojos celestes que inundan; supongo pies enredados, molestos de frío; infiero panzas tan delgadas a las que solo les queda un ombligo sin pelusa, sin adorno, como una cicatriz inconclusa.

Me perturba la ausencia inexplicable, pero no lloro. Con los ojos limpios (aunque quizás no la mirada) veo el presente: el día de veinticuatro horas, la noche mucho más larga. La frazada aún huele a tu cuerpo.

Quizás existan pieles más suaves, pero que no abriguen; perfumes clásicos, sin animal; presumo que hay manos grandes que podrían arañar mi cuerpo, aunque sin marcarlo.

Dejar sangrar, hasta que se seque; dejar sangrar, hasta que se acabe; dejar sangrar, y desmayarme. Alguien dibujará una silueta en el suelo, en la escena del crimen, aquel día, en el bar. Pero ya no vendrá ninguna grulla que se acerque a respirar en mi boca, aunque espere, aunque espere, aunque yo espere.

19/10/08